Últimamente estoy tan liada que cuando dispongo de un poco de tiempo se lo dedico a mi novela, de la que ya estoy a punto de terminar la primera versión. El gran perjudicado de la situación es el blog, al que no dedico la atención que merece. Así que he decidido adelantar este verano mi habitual descanso bloguero en un mes. Espero regresar en otoño con más tiempo y renovado vigor, porque el pobre blog merece más dedicación de la que le he prestado en estos últimos meses.
Disfrutad del verano, sed buenos – o no tan buenos, que sin duda es más divertido – y espero que nos volvamos a ver por aquí con las primeras lluvias del otoño.
Hace unos días leí en un periódico que acaba de aparecer una biografía de mi admirado Gary Cooper, ese actor alto como un chopo, algo desgarbado y con cara de bueno, que no era exactamente guapo, pero sí muy atractivo. Uno de esos hombres que cuando les miramos, nos hacen pensar enseguida en tener encuentros en la tercera fase… por lo menos.
Me gusta leer biografías de los actores de la época dorada del cine de Hollywood. Es como asomarse a fisgonear por una ventana, pero con mucho glamour. Porque las estrellas del viejo Hollywood desprendían tanta magia que aunque nos enteremos de algunos de sus pecadillos, o algún biógrafo malévolo nos cuente que eran escasos de sesera, o que se maceraban a sí mismos en alcohol como guindas al marrasquino, siguen brillando en el firmamento de los ídolos. A mí no se me deshizo el mito de Gary Cooper cuando leí, hace ya tiempo, que fue una especie de semental que se tiraba todo lo que se movía a su alrededor. Bueno, pensándolo bien, no sé si eso es un buen ejemplo, porque tanto poderío sexual añade incluso más morbo a este señor.
En fin, que estuve en un tris de correr a comprarme el libro. No lo hice por falta de tiempo. Aunque me prometí a mí misma agenciármeloen cuanto pudiera. Pero entretanto, leí en El País un artículo de Carlos Boyero a propósito de Gary Cooper, en el que Boyero afirma, entre otras cosas, que no leerá esa biografía por miedo a que se le derrumbe el mito (estoy resumiendo mucho; el artículo – muy interesante, por cierto - está en este link). Y ahora me ha entrado la duda. ¿Merece la pena leer la biografía de un ídolo si ésta amenaza con machacarnos el mito con el que hemos soñado alguna vez? De momento, consultaré con la almohada si finalmente me compro ese libro o no.
(La fotografía la he tomado de El País)
Cuelgo una escena de Bola de Fuego dirigida por Howard Hawks, en la que Gary Cooper hace de científico inocentón que es seducido por una cabaretera. Esta es la escena en la que Barbara Stanwyck le enseña a besar. Por Dios, ¿a qué chica no le gustaría enseñar a besar a un pardillo tan atractivo como salía Gary Cooper en Bola de Fuego?
Después de estos días de receso de Semana Santa, toca recuperar las rutinas de siempre. Incluidas las verduritas, las carnecitas y los pescaditos a la plancha después de ciertos excesos gastronómicos que mejor no detallo. Habrá que evitar subirse a la báscula durante unos cuantos días.
Lo mejor: el reencuentro con mis personajes. Ya les echaba de menos.
Lunes por la mañana. Inicio de semana. Mañana de melancolía al pensar en todos los días que tenemos por delante hasta que llegue el sábado. Yo sigo empleando todo mi tiempo disponible en escribir. Y sufro cuando tengo que dejar un capítulo a medias para dedicarme a otros menesteres ineludibles. Pero avanzo con buenos vientos. Ya he pasado el Ecuador con creces. En algún lugar me espera un puerto al que arribar.
Cuando estoy en plena escritura y llevo ya algunas horas dándole a la tecla, a veces para un rato, me asomo a YouTube y reviso escenas de películas antiguas para relajarme. Hace poco me acordé de Ellos y ellas (Guys and Dolls), el curioso musical de Joseph L. Mankiewicz, estrenado en 1955. Digo curioso porque es memorable ver a Marlon Brando y Jean Simmons cantando y bailando en un decorado que finge ser La Habana de los años cincuenta.
La trama es muy sencilla. Un caradura que organiza partidas de dados en Nueva York, interpretado en la peli por otro jeta, el inefable Frank Sinatra, se apuesta mil dólares con el jugador Sky Masterson, aque viene con la envoltura de Marlon Brando, a que no logra seducir a una joven mojigata que pertenece al Ejército de Salvación, a la que da vida, of course, la angelical Jean Simmons. Para llevarse al huerto a la chica, Masterson se saca de la manga un viaje a La Habana y allí, la sargento del Ejército de Salvación sucumbe a la sensualidad del Caribe, a los encantos del galán y al amor. La chica acaba desmelenándose en La Habana para regocijo del gavilán Sky Masterson, que tampoco sale indemne de ese viaje, porque se enamora de la mojigata desbocada y muda su plumaje de ave de presa por el de una dulce palomita.
Lo dicho, una trama sencilla que funciona muy bien gracias a los números musicales y a la sensualidad que desprende la película. Yo la vi de adolescente y quedé encantada con esos espectaculares bailes que se marcan en un tugurio habanero de cartón piedra. Incluso Marlon Brando me parece de lo más seductor en esta película, vestido al más puro estilo gangster mafioso. Y eso que nunca fui Brandoniana. Siempre me ha parecido que este señor tenía el trasero algo gordo. Pero aquí estaba guapísimo. Sería el influjo del trópico, aunque éste fuera de mentira.
Contemplemos cómo bailaban aquí Marlon y Jean:
Y aquí incuso cantaban, aunque supongo que no serían sus voces:
Cuelgo una nueva tanda de canciones que hablan de amor. Las de hoy son de los gloriosos años setenta: Vaqueros desteñidos con perneras acabadas en campana, zapatos con plataformas de Frankenstein, melenas al viento, haz-el-amor-y-no-la-guerra, cantautores y música disco. No puedo afirmar haber sido discotequera en mis años mozos, porque no me sentía nada a gusto en las discoteas. Pero sí disfrutaba - y sigo disfrutando - con la música disco de los setenta. Creo que transmite optimismo, incluso ganas de comerse el mundo. Algo que nunca viene mal.
Arranco con Sonido de Filadelfia: Love's Theme de Barry White y su vozarrón de ultratumba. ¿No os dan ganas de poneros a bailar como el Bizcochito de Ally McBeal?
La siguiente es The Love I Lost de Harold Melvin & The Blue Notes:
Y John Paul Young cantando Love Is In The Air. Esta la bailé hasta yo, que fui anti-discotecas.
Y acabo la recopilación de hoy con Stevie Wonder y su I Just Called To Say I Love You. No es de los setenta, sino concretamente del 84, el año en que nació mi hijo. Entonces nadie llevaba ya pantalones de campana y las chicas andábamos por ahí forradas con hombreras de jugador de rugby, el pelo cortado a capas y cardado al estilo cacatúa cabreada y pendientes king-size que se sujetaban al lóbulo de la oreja con un cierre de clip que apretaba horrores. Vamos, visto ahora que queda tan lejos, todo un exceso.
Por cierto, me pregunto qué ha sido de Stevie Wonder. Parece habérselo tragado la tierra.
El tiempo corre que se las pela y ya estamos de nuevo a las puertas del Día de San Valentín, o el Día de los Grandes Almacenes, esos establecimientos comerciales que llevan semanas intentando comernos el coco para que nos gastemos el dinero en comprarle a nuestra pareja regalos tontos y de nula utilidad (es un generalizar; yo odio comprar regalos por decreto), o en organizar escapadas románticas - y casi siempre cursis - como si no hubiera más días al año para salir de viaje lúbrico-festivo. El caso es hacernos sacar la tarjeta de crédito para que sea vilmente esquilmada.
A mí en esta celebración tan artificial, llena de almíbar del que sube el nivel de glucosa y de colesterol malo, me da por hacer recopilaciones. Cada cual tiene sus rarezas y perversiones. Hace dos años colgué una lista de películas de amor. El año pasado recopilé besos de película. Pues en este 2011 recién iniciado les toca el turno a las canciones que hablan de amor. He reunido unas cuantas. Como siempre, es una lista subjetiva, a la que vosotros seguramente quitaríais o añadiríais alguna canción. Sobre gustos no hay nada escrito, como se suele decir. Aquí va, pues, la primera parte de mi tontería de San Valentín para este año. Cuyo disfrute, además, no exige patearse tiendas ni gastarse los dineros. Otro día colgaré el resto.
Se admiten sugerencias, of course.
Para empezar, Lover Man de Billie Holiday.
¿Y qué os parece Ay, amor de Bola de Nieve?
¿O la versión que hace Luz Casal de Es la historia de un amor?
Y para acabar la ración de hoy, una carrozona a tope: When I fall in love de Nat King Cole.
Otra noticia alucinante: hay en Barcelona una agencia de viajes para peluches. Por 50 euros (70 euros si los muñequitos de felpa son enviados a ver mundo desde otro país de la Comunidad Europea) les llevan de tour por Barcelona, les hacen fotos en los lugares emblemáticos y les dan un souvenir (¿Esto cómo se lo entregan al muñeco? ¿Se lo pinzan con imperdibles a la felpa?). Por unos cuantos “leros” más lo llevan a ver (???) las maravillas de Gaudí, el museo del F.C. Barcelona, el Tibidabo (¿Los subirán en el funicular y una vez arriba, los montarán también en el avioncito rojo?). Y para que sus dueños no se preocupen mientras los peluches andan de turismo por Barcelona, podrán seguir sus aventuras vía Facebook.
Según dicen, el fundador de la agencia se inspiró en el gnomo viajero de Amélie. Y al parecer, hay clientes dispuestos a gastarse la pasta en enviar a sus peluches de viaje por Barcelona.
Conclusión sesuda: No es que nos falte un hervor, es que necesitamos media docena.
Ahora me entero de que han desarrollado un dispensador inteligente que da un sabor distinto a la pasta de dientes según el tiempo que vaya a hacer (enlace al artículo). Si sabe a menta indica que hará frío y tocará abrigarse, si el sabor es a canela quiere decir que hará sol y si la pasta se torna azul (¡qué asquito!) no es porque se haya echado a perder, sino para avisarnos de que lloverá.
¡Pero qué cosas tiene el progreso! Con este dentífrico, antes de lavarnos los dientes por la mañana, en lugar de ponernos hamletianos y plantearnos eso de “ser o no ser” mientras nos arrancamos el sueño de los ojos, preguntaremos a nuestra media naranja “¿días de menta… o de canela?”.
Hace ya dos días que en Zaragoza vivimos sumergidos en una niebla espesa como el puré de patatas. De esas que si te dispones a cruzar el Ebro a pie, no ves la orilla de enfrente y tienes la impresión de que antes de que alcances la mitad del puente, la bruma ya te habrá engullido para no soltarte jamás o para transportarte a algún mundo paralelo al estilo de Narnia, aunque sin necesidad de meterte en un armario ropero (que en la edad adulta resulta muy incómodo y da calor). No niego que tiene su belleza contemplar cómo al otro lado del río, las torres del Pilar pugnan por perfilarse entre la niebla que las aplasta. O eso de asomarse a la ventana y ver las casas de enfrente difuminadas por una lámina brumosa que las rejuvenece y embellece, como a las viejas glorias del cine cuando las fotografiaban con filtros en la era pre-photoshop. O dejarse envolver por la humedad que amortigua los sonidos y hace pensar en aquellas vetustas películas inglesas que se desarrollaban en un Londres misterioso y sumido en la niebla, y en las que siempre había algún anciano cascarrabias que salía de casa, miraba a su alrededor y murmuraba: “Maldito puré de guisantes” justo antes de que el malvado de turno le hincara el cuchillo entre las costillas.
Pero romanticismos aparte, a mí este puré de guisantes se me hace muy pesado. Sobre todo cuando dura varios días. Me da sueño, me pone dolor de cabeza y me reblandece las ideas además del cabello, que se vuelve ingobernable y adopta formas de lo más caprichosas. Por el bien de nuestros peinados, ¡que salga pronto el sol, por favor!
Y tranquilos. No es que haya aprovechado las fiestas para meterme en un quirófano a que me estiren la piel o me inyecten un jeringazo de bótox. Todo esos tratamientos se los he hecho al blog para que empiece el nuevo año bien remodeladito. Con un look fashion, sofisticado y fresco a la vez. Como ciertas actrices cuando las sacan de la cámara frigorífica para que recorran la alfombra roja con la cara lavada y recién planchá. No va a ser mi blog menos que esas señoras. Faltaría más…
Y para rematar, algunas reflexiones navideñas tontas – pero que muy tontas, porque el cerebro no me da para más.
- ¿Por qué se ven durante las Navidades tantos niños por las calles con gorritos de Papa Noël o cuernos de reno rojos? ¿Es que los padres no tienen piedad?
- ¿Por qué se nos van los dedos al turrón, cuando el cerebro sabe que se adhiere a la cintura durante semanas y no hay forma de quitárselo?
- ¿Por qué a algunos árboles de Navidad les ponen adornos tan horteras?
- ¿Por qué a pesar del empacho, logramos hacer sitio en el estómago para añadir el roscón de Reyes? Si tuviera la misma habilidad para encajar más libros en las estanterías, no los tendría que colocar en doble fila.
- ¿Por qué siempre hay alguien que se pone a hacer fotos durante las comilonas familiares (este año fui yo la inoportuna, sin ir más lejos) y al revisarlas, salimos todos con cara de felicidad, la boca llena y una copa de vino en la mano?
- ¿Por qué en enero se llenan los gimnasios de penitentes del turrón que en lugar de cilicio, llevan mallas y camiseta?
- ¿Por qué el director del Concierto de Año Nuevo, Franz Welser-Möst, ese señor con cara de Richard Gere empollón, dirigió a la orquesta con semejante aire de estar por encima del populacho? Ya sabemos que este primer concierto del año es una tradición popular que tiene algo de circo y mucho de tópico, pero ¿no podía haberse enrollado el buen hombre un poco más con el público? Si los que desde la más tierna infancia vemos cada año el concierto del Musikverein, buscamos precisamente los valses vieneses de toda la vida y que no nos falten el dichoso Danubio Azul ni la Marcha Radetzky, por supuesto. Para escuchar música más exigente ya tenemos el resto del año. Además, ¡que tire la primera piedra quien no haya tocado alguna vez palmas al ritmo de la Marcha Radetzky!
Cada año se me echan encima antes las Navidades. Entre lo deprisa que pasan los meses y lo pronto que empiezan a colocar la parafernalia navideña en las tiendas (a este paso, volveremos de vacaciones en septiembre y tendremos ya los turrones en el súper), cada año me pillan más desprevenida y me siento como si me asaltaran con alevosía.
De pequeña me gustaba mucho la Navidad. Y no sólo porque me caían los regalos el día de Nochebuena, que es cuando se entregan en Alemania, aunque también, claro. Me encantaba la nieve, deslizarme cuesta abajo en trineo, comprar con mis padres el abeto en un mercadillo donde nos atendía un señor que se ocultaba tras un gorro de lana, bufanda y guantes gruesos, y por supuesto, adornar el árbol con bolas de cristal, espumillón e hilos de plata. Me gustaba el olor del abeto, que llenaba la casa mientras duraban las fiestas. Y también el de las naranjas y mandarinas importadas desde España, que en es época estaban en su apogeo. Hasta el White Christmas me hacía emocionarme. Y los villancicos alemanes, por descontado. Qué le vamos a hacer. Es que una fue una niña cursi.
De mayor, empecé a detestar las Navidades, el empalago de los villancicos por doquier, el desmelene consumista, los adornos horteras, las luces del Corte Inglés y el arboricidio con posterior entierro de infortunados abetos en el contenedor de la basura. Entremedias quedó un paréntesis de tregua navideña durante la infancia de mi hijo. ¿Quién no vuelve a colocar belenes y abetos (ya de plástico, para no asesinar más árboles) y lo que haga falta para complacer a su retoño? ¿Quién no lleva a sus hijos en esta época a visitar a los Reyes Magos de los grandes almacenes, o al cine para ver películas navideñas (incluida la de Pesadilla antes de Navidad, que a mi hijo le encantó y a mí me dejó un no sé qué de desasosiego en el body)?
Ahora ya no detesto estas fiestas. Tampoco me gustan. Creo que me he suavizado. A lo mejor, me ocurre lo que decía Al Pacino en la película Carlito’s Way: “No es que maduremos con los años, sólo perdemos fuerza” (o algo así, que cito de memoria). El caso es que ya no se me revuelve la bilis cuando veo el mural luminoso del Corte Inglés, los adornos navideños o la invasión de turrones en el supermercado. Sólo me cabrean los anuncios de perfumes por cursis y porque al final, siempre susurra la marca una voz en off gangosa, como de alguien que habla con la boca llena de polvorones. Y me pongo de los nervios cuando entro en una tienda donde el sistema de megafonía no para de escupir los mismos villancicos una y otra vez (¿cómo aguantarán los dependientes sin pillar una depresión?). Por lo demás, he firmado las paces con las Navidades. Me lo paso bien preparando comiditas ricas para mi gente y disfruto cuando nos reunimos toda la familia y hacemos risas comiendo y bebiendo un buen vino. Y sólo deseo que podamos seguir juntándonos todos durante muchos años. Al fin y al cabo, eso es lo que importa. Lo demás es borrufalla.
Para ilustrar este post tan navideño un pequeño vídeo de Alvin y las ardillas:
Aunque el que más me gusta sigue siendo el de los renos cantores. Aplausos para el coro de renos, please:
Hoy un poco de frescurica para combatir los rigores del calor, aunque sea con la imaginación. ¡Vaya nochecita de bochorno que nos hizo ayer! ¿Quién no se bañaría al estilo de la Ekberg en la Fontana di Trevi - o en las fuentes de la Plaza del Pilar, que pillan más a mano? Y si encima tuviéramos a un señor como Marcello Mastroianni admirándonos, mejor todavía.
Sin embargo, la cruda realidad es que nos toca refrescarnos virtualmente con estas imágenes de "La dolce vita".
Como todos los años por estas fechas, bajo la persiana del chiringuito y me tomo un descanso de blog hasta septiembre. Portaos bien este verano (pero no demasiado, que gamberrear un poquito es bueno para la salud) y nos veremos por estos lares en septiembre. Mientras tanto, os dejo en compañía de Fred Astaire y Ginger Rogers en Flying Down to Rio. No es que vaya a volar a Río de Janeiro ni mucho menos (ya me gustaría, ya), pero es que este número tan kitsch de los aviones que sobrevuelan la ciudad, mientras sobre sus alas montones de chicas modernas (de la época, claro) hacen acrobacias y cantan y el fideo de Fred Astaire canta y da pasos de baile en tierra bajo la mirada atenta de señores regordetes en bermudas y calcetines hasta la rodilla... pues ¿qué voy a decir? Me priva esta escena y su música me llena de optimismo estival. Una es que tiene sus perversiones inconfesables, como la de disfrutar con las viejas películas de Fred y Ginger.
Últimamente tengo las neuronas en stand-by del calor que ha hecho y ahora también el termostato del body desconcertado por este último cambio brusco de temperatura. Si es que necesito vacaciones con urgencia, aunque de momento me conformaré con viajar mentalmente a la soleada California de los años sesenta. Aquellos años de contracultura, hippies melenudos ellos y ellas, flower power, haz el amor y no la guerra, la llegada del hombre a la luna, rebeldía por doquier… y una especie de optimismo en el aire que ahora hemos perdido. Cuando veo películas de los años sesenta, cuenten lo que cuenten, con la mayoría de ellas me da la impresión de que desprenden un no se qué optimista que ya perdimos hace años.
Los que fuimos niños en la década de los sesenta crecimos rodeados de confianza en el futuro, porque todos los días nos vendían la moto de que la humanidad sólo podía mejorar, que los avances técnicos y el progreso eran imparables y que erradicaríamos hasta las enfermedades que siempre habían azotado al ser humano. Fueron tiempos anteriores al sida, a la primera guerra de Irak (y a la segunda) y a tantas otras calamidades que nos bajaron de las nubes. Los ilusos años sesenta. California Dreaming…
El pulpo más listo del mundo acertó con su predicción: La selección española de fútbol ya es campeona del mundo. Ayer hasta vi un trocito del partido – yo, que me aburro como una ostra viendo cómo se disputan un balón veintidós chavales en pantalón corto – y me alegré mucho por esos chicos que jugaron tan bien y con tanto ímpetu, encajando patadas holandesas a discreción.
Bravo por ese beso a lo Gary Cooper que le dio Iker Casillas a su novia delante de las cámaras. Después de las barbaridades que se escribieron y se dijeron sobre Sara Carbonero cuando España perdió aquel partido contra Suiza, imagino que Casillas tendría unas ganas locas de dar en las narices a todos aquellos agoreros. En cualquier caso, aparte de romántico, resulta muy refrescante en estos días de bochorno (sobre todo para besadore@s y besad@s, claro).
El Pulpo Paul ha vaticinado hoy que España ganará el mundial. ¿Acertará Paul el próximo domingo? Esperemos que sí. Como se equivoque, yo vaticino que en este nuestro país le van a caer al pulpo las del ídem.