Showing posts with label EINTOPF. Show all posts
Showing posts with label EINTOPF. Show all posts

CAFÉ LITERARIO DEL INSTITUTO FRANCÉS DE VALENCIA

¡Pero qué abandonadito tengo este blog! A ver si vuelvo a tener tiempo y le meto la marcha que se merece. De momento, y tras varios días queriendo hacerlo, cuelgo fotografías del café literario del Instituto Francés de Valencia, en el que participé el 19 de mayo por invitación del periodista argelino Bouziane Ahmed Khodja.


Bouziane es un encanto. Me recibió con gran amabilidad, me enseñó las instalaciones del Instituto Francés, tan bien equipadas y acogedoras que dan ganas de apuntarse a un curso, y moderó maravillosamente el café literario que tuvo lugar en la cafetería del IFV. Gracias a la invitación de Bouziane tuve la oportunidad de mantener una amenísima charla con los asistentes a la tertulia y de conocer a gente encantadora, como Pascal Letelier, el director del IFV. La Valencia primaveral se me antojó muy bella esa tarde y el barrio del Carmen, donde no había estado desde hacía años, lo encontré precioso y con sabor cosmopolita. En resumen, un viaje breve pero muy bonito, que me ha dejado un dulce sabor de boca.




Cuelgo las fotografías que me ha enviado Bouziane.



En la primera me veis con Bouziane Khodja, atentísima a algo que me estaban preguntando. La segunda es una instantánea de todo el grupo.





LA CORRECCIÓN POLÍTICA EN LA LITERATURA

El mes de enero se nos va deslizando entre dieta post-navideña para arrancarnos los excesos de la cintura, noticias varias sobre la crisis, otras sobre la cuesta de enero (sí, todavía se habla en los medios de la famosa cuesta de todos los años), la ley Sinde por aquí y por allá, la ley antitabaco y los bares insumisos, más una noticia que leí hace ya unos cuantos días y a la que todavía estoy dando vueltas.

El día 5 se hablaba en El País (aquí el enlace) de una nueva edición de Las aventuras de Huckleberry Finn, que va a sacar una editorial de Estados Unidos en versión políticamente correcta. Quiere decir esto que han sustituido la palabra despectiva “nigger”, que aparece en el texto 219 veces, por la de “esclavo”. Y han hecho lo mismo cambiando “injun”, otra palabra despectiva, por “indio”. O sea, que ahora Huckleberry Finn ya no huirá por el río Misisipi en compañía del Negro Jim, o Nigger Jim, como le llaman en la versión inglesa, sino con el Esclavo Jim. Si se tratara de una novela actual ya me parecería una iniciativa discutible, pero si tenemos en cuenta que fue publicada por primera vez en 1884 y la acción se desarrolla cuando en Estados Unidos todavía existía la esclavitud, me da la impresión de que a Mr. Alan Gribben, profesor de la universidad Auburn (Alabama) y responsable de esta nueva edición, le patina ligeramente el embrague en su afán de meter la tijera por las buenas.


Porque digo yo que si ahora nos pusiéramos a expurgar a todos los clásicos de aquellas palabras despectivas que hemos ido eliminando de nuestro lenguaje – aunque, por desgracia, no hemos apartado de nuestras mentes los prejuicios que expresaban esas palabras -, no va a quedar ninguna obra sana. Si quisiéramos cambiar todo lo que nos suene a racista, machista o xenófobo, tendríamos que revisar – y de paso destrozar – infinidad de escritos que han resistido el paso del tiempo por muchos méritos. ¿Qué dejaríamos de la obra de un Celine, por ejemplo? ¿Cómo llamaríamos ahora a Otelo, el Moro de Venecia? ¿Sería Otelo, el magrebí? ¿Es que no somos capaces de leer las obras clásicas situándolas en el contexto histórico (y personal) en el que fueron escritas? ¿Tan difícil es comprender que la vida y la mentalidad de una persona del siglo XIX, del siglo XVIII, de la antigüedad, o incluso de hace tan sólo treinta o cuarenta años, no tiene nada que ver con la de este siglo XXI en el que nos la cogemos con papel de fumar (con perdón de la expresión, que seguro que habrá quien la tilde de políticamente incorrecta)? Si cambiamos a nuestro antojo las novelas que reflejan cómo se vivía y se pensaba mucho antes de nuestro paso por el mundo, aparte de que las dejaríamos irreconocibles y descafeinadas, nos cargaríamos sus virtudes literarias, el mérito de reflejar la sociedad de su tiempo y muchas cosas más. No sé, lo mire como lo mire, a mí esta clase de revisiones me parecen una masacre literaria.


A veces, pienso que no somos más tontos porque la pereza nos impide entrenarnos, pero estoy segura de que si entrenáramos, llegaríamos a lo más alto. ¡Uy, qué reflexión más políticamente incorrecta me ha salido!


(La fotografía reproduce la portada de una edición de Penguin Books)

CAFÉ CON LETRAS EN ÁGORA CAFÉS ORÚS - LAS FOTICOS (y 2)


Más foticos...

Sentados: María Frisa, Juan Bolea, Lorenzo Mediano,
Marisa Beltrán, Fernando Rivarés y César Falo.
De pie: José Ignacio Acirón, del restaurante La Bastilla, y Arturo Gastón.


Para los que os gusten los mojitos:
El mojito de café que nos preparó José Manuel Romeo.
Estaba riquísimo.


Ya reunidos alrededor de la mesa:
Yo misma, María Frisa, Juan Bolea, Lorenzo Mediano, Marisa Beltrán, Fernando Rivarés, César Falo y Fernando Lalana.

En el otro lado de la mesa:
Fernando Rivarés, César Falo, Fernando Lalana, Paco Goyanes, Javier Marco, el delegado del Gobierno Javier Fernández que también es escritor, Ramón Acín, Julio Espinosa y Teresa Sopeña.

CAFÉ CON LETRAS EN ÁGORA CAFÉS ORÚS - LAS FOTICOS

Para poneros los dientes largos, cuelgo las fotos de la comida-coloquio en el espacio cultural Ágora de Cafés Orús, que me ha enviado muy amablemente Arturo Gastón. Muchas gracias, Arturo.

La foto de familia.


Abajo: Fotografía de los libros de los escritores invitados, que formarán
parte de la biblioteca de Ágora.



Abajo: Escuchando con atención las explicaciones del barista
José Manuel Romeo sobre cómo preparar un buen café.
José Manuel Romeo, Fernando Lalana, Marisa Betrán, Teresa Sopeña y Javier Marco

Servidora con Julio Espinosa, Ramón Acín, Paco Goyanes y Juan Bolea.

EL CAFÉ IDEAL



El café ideal es negro como el diablo, caliente como el infierno, puro como un ángel y suave como el amor.

Cita atribuida a Isak Dinesen


Esta cita, que algunos atribuyen a Isak Dinesen, aunque otros dicen que es un proverbio turco, tiene su razón de ser en la entrada de hoy. Y no sólo porque me gusta cómo suena. Ni tampoco porque soy una verdadera adicta al café (prueba de ello es que en mis novelas, los personajes no paran de atiborrarse de cafeína). Esta estupenda frase me sirve para hablar de la comida-coloquio muy cafetera a la que he asistido hoy en el espacio cultural Ágora de Cafés Orús, y que en esta ocasión iba dedicada a la literatura aragonesa y a la relación que han mantenido a lo largo del tiempo las letras y el café.


Ágora
fue inaugurado en junio de este año por la centenaria empresa aragonesa Cafés Orús en su fábrica de El Portazgo, con la idea de programar actividades culturales que girarán siempre en torno al café. Así que, cuando me invitaron a asistir a esta comida-coloquio dedicada al café y las letras, me puse muy contenta. Al fin y al cabo, para una cafetera como yo, participar en una comida elaborada con café por José Ignacio Acirón, el chef del restaurante La Bastilla, es el colmo de los colmos. Si además, los otros comensales son los escritores Javier Fernández, Juan Bolea, María Frisa, Lorenzo Mediano, Fernando Lalana, Teresa Sopeña, Ramón Acín, Julio Espinosa, y periodistas como Adriana Oliveros, y Fernando Rivarés y César Fanlo, además de Paco Goyanes de Librería Cálamo y, last not least, los organizadores del acto Arturo Gastón, Javier Marco y Marisa Beltrán, de Cafés Orús, ya es todo un lujazo.


La verdad es que cuando entré en Ágora, me sentí como Charlie en la fábrica de chocolate. Sólo que en lugar de chocolate (que también me priva), había café por todas partes. Para empezar, pudimos admirar una preciosa colección de cafeteras antiguas, una de las cuales había estado expuesta en tiempos en la cafetería Las Vegas y funcionó en su día con carbón. Después, un barista nos explicó cómo hacer unos mojitos de café, que luego degustamos y estaban riquísimos. A continuación, todos nos sentamos a comer alrededor de una gran mesa puesta con esmero. Los diferentes platos, elaborados con café, estaban buenísimos. Tanto, que aún salivo como los perros de Pavlov cuando me acuerdo del menú. La conversación no decayó en ningún momento. Hablamos, como suele decirse, de lo divino y de lo humano. De literatura, de gastronomía, de café (of course), de la maternidad y de infinidad de cosas más. El espacio Ágora está decorado con mucho estilo y resulta realmente acogedor. Estuve tan a gusto que a la hora de marcharnos, me volví a sentir como Charlie en la fábrica de chocolate, pero ya al final de la película, cuando se le acaba el recorrido por el paraíso de los sentidos. En este caso, un impresionante viaje por el mundo del café que se ha ganado un sitio preferente en mi memoria.


Colgaré foticos en cuanto las tenga.


Y para ilustrar este post, ¿qué mejor que una canción cafetera? Black Coffee, primero en la versión de Ella Fitzgerald y después, en la de Sarah Vaughan para comparar.

¡SAPOS, NOOO!

La muerte de Luis García Berlanga me pilló fuera este fin de semana, por lo que mi entrada llega ya con un retraso considerable. Pero aunque esté todo dicho, no me voy a privar de dedicarle un post a este señor tan observador, mordaz y cargado de un humor muy, pero que muy negro (a la par que surrealista).


Me gustan todas sus películas. Unas más, otras menos, como suele ocurrir, pero creo que hasta sus trabajos “menores” son mejores que algunas cosas que nos venden por ahí como maravillosas. Mi favorita desde siempre es Bienvenido Mr. Marshall. Sigo tronchándome cuando veo a Pepe Isbert asomado al balcón de la casa consistorial y graznando eso de “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación y esta explicación que os debo os la voy a pagar”. O cuando llega la escena del sueño del alcalde ante la inminente llegada de los americanos y Pepe Isbert irrumpe en un salón del oeste, disfrazado de sheriff y poniendo cara de mucha ferocidad. Y por cierto, ¿quién no ha imitado en alguna reunión familiar o de amigos - y con algunos tragos encima, todo sea dicho - la parrafada balconera de Pepe Isbert, mientras los demás se mueren de la risa etílica en sus sillas?


Creo que a los que ya tenemos cierta edad, las películas de Berlanga se nos han metido en la sesera y hasta en casa. En la mía, llamamos “sapos” a los langostinos desde que vimos a Luis Ciges rechazando el que le ofrecían unas damas caritativas en Plácido, esa película tan esperpéntica en la que las buenas gentes de una pequeña ciudad organizan un sorteo de pobres para que cada familia de bien pueda sentar a uno a su mesa por Nochebuena. Y claro, luego pasa lo que pasa: que los pobres les salen zafios, hacen ruidos sorbiendo la sopa y rechazan los manjares que les ofrecen.


- Tenga, un langostino.
- ¡Sapos, no! Que no me gustan.


¿Y qué decir de la escena de Vivan los novios en la que José Luis López Vázquez encuentra a su madre ahogada en la diminuta piscina de plástico donde un rijoso turista extranjero había retozado antes con sus dos amiguitas? Humor hiper-super-mega-negro, que diríamos ahora.

En fin, creo que sobran las palabras. Mejor cuelgo las escena del balcón y del salón de Bienvenido Mr. Marshall.



Y ésta de Plácido:

FERNANDO LALANA Y EL CERVANTES CHICO

El escritor aragonés Fernando Lalana ha obtenido el Premio Cervantes Chico 2010. Es autor de más de 80 libros y ya recibió en 1991 el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.

Desde aquí, enhorabuena a Fernando por este nuevo reconocimiento.

(La fotografía la he tomado de la página del autor: www.fernandolalana.com)

AND THE WINNER IS...

El premio Nobel de este año ha sido para Mario Vargas Llosa, cuyo nombre no aparecía en las quinielas que suelen barajar los medios desde varios días antes. ¿Qué voy a comentar a estas alturas? Pues que me alegro, porque el premio ha ido a un autor que escribe en castellano (veinte años después de que se lo dieran a Octavio Paz), porque Vargas Llosa es muy bueno, porque siempre me han gustado sus novelas y porque después de tantas veces en las que se había quedado fuera, se lo merece.
(La fotografía es de Cristobal Manuel y la he tomado de El País)

LIBREEE...

De momento me han liberado de la escayola (algo antes de lo que me dijeron en Figueres), aunque no de las muletas, que tendré que seguir usando por un tiempo, pero... menudo peso me han quitado de encima. Ahora toca recuperar el tobillo, aunque todo se andará.

(La fotografía la he tomado de gallus.blogia.com)

TIEMPO DE VIDA

Hoy otra recomendación literaria. Se trata de un libro que me ha gustado mucho en este verano de lecturas compulsivas: Tiempo de vida de Marcos Giralt. No es fácil hablar de algo tan personal como el propio padre y el dolor que causa su ausencia tras su muerte, y salir airoso de un reto tan difícil. Pero Giralt no sólo ha salido airoso, también ha sabido convertir un relato que podría haberse quedado perfectamente en un desahogo personal - muy beneficioso para el autor, pero poco o nada interesante para el lector - en literatura de la buena, con reflexiones sobre la vida, la muerte, el arte, lo que se siente al crear, la relación de amor-odio que el artista (sea bueno o malo, tenga éxito o no) establece con la pulsión que le empuja a pintar o a escribir sin que pueda dejar de hacerlo.

La verdad es que no suelen atraerme los libros que prometen historias que intuyo muy autobiográficas. Pero éste me lo recomendaron encarecidamente y ha merecido la pena hacer caso. Tiempo de vida es un libro muy valiente, muy sincero, que en muchos momentos me ha conmovido y que me ha enganchado desde el punto de vista literario (aclaro: con ésto quiero decir que leí el libro entregadísima como si estuviera devorando una novela y que en cuanto al estilo me ha parecido muy bien escrito).

Desde luego, ha merecido la pena hincarle el diente.

MALA PATA

Ya estoy de vuelta en casa después de unas vacaciones algo accidentadas y con escayola debido a una caída de esas tontas. Lo que llamamos vulgarmente un "culetazo". Hace dos semanas, llegamos tan contentos al hotel de Rosas, con la idea de disfrutar de la maravillosa playa de la Almadraba, una de esas pocas playas españolas que aún no han sido destrozadas por el cemento y el mal gusto y donde todavía se conserva la esencia de la Costa Brava más pura. Bueno, pues hasta la tarde, todo muy bien. Pero cuando faltaba poco para la hora de cenar, nos dio por salir a andar un poco por los alrededores del hotel. Llovía con moderación, el bar del hotel estaba lleno y se nos ocurrió hacer tiempo en el exterior. Lo justo para que mi marido pudiera fumarse un cigarrillo (ay, ese vicio) y mientras tanto abrieran el restaurante.

¡Craso error! Como llovía menos de lo que pensábamos, en lugar de quedarnos quietos, nos dio por pasear un poco bajo unos pinos. Y ahí fue donde la cagamos, por decirlo del modo más breve y claro. Resbalé con mis sandalias "fashion" (guapísimas, pero peligrosas, como pude comprobar) y me caí de culo, torciéndome el tobillo de paso. En lugar de cena, tocó ir a urgencias, donde se limitaron a inmovilizarme el pie con un vendaje apretado, me dijeron que no apoyara durante 48 horas y que volviera a la semana para quitarme el vendaje.

Cumplí a rajatabla lo de las 48 horas y al tercer día empecé a apoyar el pie con la ayuda de las muletas. Dolía, sí, pero pensé que era normal. Al fin y al cabo, los esquinces y las torceduras suelen doler, me decía, y seguía insistiendo en lo de caminar. Pero cuando, expirado el plazo, fuimos a que me quitaran el vendaje, llevaba el pie tan hinchado que me mandaron al hospital de Figueras para hacer una radiografía. Diagnóstico: fractura del peroné (a la altura del tobillo) y escayola para mes y medio. Más un chasco monumental, porque en ningún momento había perdido la esperanza de poder bajar algún día a la playa o a la piscina, aunque fuera ya al final de nuestra estancia en Rosas.

Encajado el chasco, la primera idea fue preparar el equipaje y volver a casa, pero tanto los dueños del hotel como el personal fueron tan atentos y amables con nosotros, que decidimos quedarnos. Puesta a desplazarme con muletas hasta en las distancias más cortas, al menos allí teníamos una hermosa vista a la bahía de Rosas, excelente comida y los mimos de la gente del hotel (que fueron todos encantadores, como nunca me cansaré de repetir).


Ahora estoy en casa al estilo de James Stewart en La ventana indiscreta, pero con menos tramo de escayola (afortunadamente) y sin patio interior de esos cotillos para espiar a los vecinos, así que no creo que de este infortunio salga una historia hitchcockiana. Con las articulaciones de los brazos doloridas por el uso de las muletas (nunca habría pensado que cueste tanto aprender a usar esos chismes; a mí se me da fatal), un botín de escayola que pesa un quintal y contando los días como esos presidiarios que van pintando rayitas en la sucia pared de su celda (es un decir; las paredes de casa están intactas).

Y esto es lo que hay. Aprovecharé el tiempo de reposo forzado para avanzar con mi novela usando el portátil, leeré los libros que tengo pendientes (muy pocos, porque estos días de "postración" estoy leyendo mucho) y me asomaré de vez en cuando a esta casa.

Por cierto, de los libros que he leído este verano, recomiendo encarecidamente:

La luna roja
, de Luis Leante (a este autor lo descubrí con Mira si yo te querré. Esta es la segunda novela suya que leo y, desde luego, no será la última).

También me ha gustado mucho La cinta roja de Carmen Posadas, una novela muy bien documentada que se desarrolla durante los años de la Revolución Francesa.

Como sin duda devoraré más libros, seguiré comentando.