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Canción

Tu modo de caer no dio lugar a error,
nadie confunde el olor de las flores secas.
Tu esencia parecía sortear las sombras
y yo agitando mi red para mariposas.

Así se va.
Todo es tan sobrio.
Jamás se notifica el fin de los veranos.
Y así se escurre,
siempre densa,
hacia el estómago voraz de los espacios.

Tu modo de alejarte fue, sin duda, extraño
aunque lo pienso: ya te habías despedido.
Resulté tan tosca, y tan agrio aquel encuentro
pero algo de ti estaba besando mi frente.

No lo noté.
Es muy discreto.
Al día siguiente empiezas a atar los cabos.
Y así se escurre,
siempre densa,
hacia el estómago voraz de los espacios.


Elisa Berna Martínez

Dolores con gusto

¿Qué podría decirte,
ahora que se trepan por el cuerpo
cien relojes atrasados?
Tic-tac... me arrancan todo y de todo,
me roban la carne joven,
me envuelven en vainas viejas.
Qué te daría
para que olieses el peso de un invierno
después de aquel invierno,
para que lamieras un único
atardecer del sol entre mis piernas.

No padece el ánimo en la calma densa.
Se traba a ese amparo narcótico
que me dura contiendas y batallas.
Aún así, termino extrañando un cobijo.
Descubierta,
es más fría la pulpa que se rasga.

¿Qué podría decirte en esta hora
cuando desmontan su escoba las brujas?
Te diría que llegaron los eclipses,
y aquel rastro de plumas en la hierba.
Sin alcanzar a cumplirse ni una sola profecía
se secó en la mano el poso.
Fue el futuro un manojo de líneas retorcidas.

Ocurre cada madrugada: que me duelo
y acudo a regodearme en los dolores.
Que me escuezo y asisto a mi escocedura.
Que me congelo y se acerca a cobijarme
hasta el más holgazán de mis fantasmas.

Elisa Berna Martínez

Dolores que escuecen

Imagen tomada de la red





Todos mis dolores al unísono
tararean la nana de lo inerte.
Nana collar de noches vastas,
nana bastión de cicatrices.
Y todos mis dolores se acompasan
reptando pentagramas planetarios.
Ahh, mis armónicos dolores
que estallan en los bordes de la herida,
abiertos como frutas derramando
su ácido reguero de aflicciones.

Insisto en desterrar el ronroneo
ronco que brota de los rotos.
Que ese exilio arrastre para siempre
la música doliente del conflicto
persistente de mis males.


Elisa Berna Martínez

Ha vuelto mi viejo escalofrío

Imagen tomada de la red







Ha vuelto mi viejo escalofrío
disfrazado como siempre de cordero.
Pero, ah
qué pronto reconozco ya
el turbio trazo de su pena antigua.
La misma excusa,
el mismo pozo,
aquella angustia.
Ah,
qué rápida he sido al descubrirte pero
lo único cierto es
que ha vuelto mi viejo escalofrío.

Elisa Berna Martínez

Mujer témpano

Me lo dijiste una vez, y ha dado para tanto...
"no sabes amar,
sólo concibes que te quieran".
De aquel estigma en adelante
cuántos intentos arruinaron mis ganas,
cuánto amor le han ofrecido
a la mujer témpano de las cavernas.
Todavía me pregunto al evocar tu rostro
porqué tendría que creerte yo,
y, pese a todo,
porqué tú no titubeabas.

Elisa Berna Martínez

Visión segunda

Dolor y angustia de un rey sin trono









Para aquel viejo reino
donde cada mujer amaneció puta,
donde púberes manchados soñaban barba,
y se obligó a los niños a beber tu sangre.
Para aquel reino viejo
en el que impusiste la paranoia
como única norma
orgánica,
inviolable.
Guardo para él la mejor vengaza:
haber sobrevivido.


(c) Elisa Berna Martínez

Visión primera






No pretendo redimirme.
Sólo aspiro a abrazar mi vieja caja de galletas,
aquel amuleto africano,
la carne de mi carne
y alumbrar otro lugar.



(c) Elisa Berna Martínez

Para que me entiendas



En días como hoy deberían estar prohibidas algunas canciones

Imagen tomada de la red




Sin meditarlo demasiado, atravesé la línea.
Una vez fue suficiente para abandonar mi casa
y abrazar aquella doctrina ajena.
Yo soltaba tu melena y te acercaba a los ojos
todas las luces mentirosas de la noche
mientras vaciabas otro vaso
y caía al suelo un ladrillo más de mi vieja casa.

No escuchaba los coros de la canción
ni me importaba la sonrisa de la camarera.
Quizá ya estaba amaneciendo.
Sólo revolvía tu melena y husmeaba en tus ojos
buscando tablas de náufrago para el remordimiento
amontonado a los pies de mi vieja casa.

Fue credo pasajero,
religión de madrugada para amantes confusos
que se la juegan al trago de un extraño.
Está perdida desde el principio, pero ¿y si alguien
prendiera otra vez la chispa
y apareciera en el espejo aquella adolescente?

No pude retenerlo más.
Basta un ligero temblor para devastar cimientos.
Comencé a perder la partida cuando
soltaba tu melena y te acercaba a los ojos
todas las luces mentirosas de la noche
mientras vaciabas otro vaso
y caía al suelo un ladrillo más de mi vieja casa.







(c)Elisa Berna Martínez







Cinco años más tarde







Cinco años más tarde,
las mismas hojas desprendidas
de los mismos árboles,
y el mundo ya es otro, derramándose
sobre esta tierra que es distinta.

Cinco años más tarde,
tus ojos son aquellos que prendían
la pira de los sueños imposibles
y siendo esos ojos los de entonces
es más viejo el rostro donde habitan.

Cinco años más tarde,
y pretendo pasar por la muñeca
de ese tiempo anclado en las postales,
y es la vida, que franquea nuestras puertas,
otra,
tan difícil y tan dura.
Más extraña.



(c)Elisa Berna Martínez

El hombre de la gorra


Exposición de Ruven Afanador en Sevilla.
Fotografía de González Alba



Al hombre de la gorra
lo engulló por fin la lluvia.
Una tarde de agosto.
Hace ya muchas lluvias.
Y dejó de quemarme la piel
el examen cauteloso de su mirada,
anegado -quizá- el juicio
por el agua sorpresiva del verano.
El hombre de la gorra
poco a poco fue encogiendo,
no concebían sus manos
ríos ni lágrimas.
Me miraba asustado
y yo estiraba
mi cuerpo divertido hasta las nubes.
Grande.
Grande.
Y él tan diminuto.
Gimoteando.


Al hombre de la gorra no volví a verlo.
Dejó apenas un rastro sucio.
Y su gorra.

(c) Elisa Berna Martínez