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CHAPLIN

Hoy me entero por San Google de que hace 122 años del nacimiento de Charles Chaplin, ese genio de bigotillo, bastón y andares pizpiretes. Así que regreso a esta nuestra comunidad tras algún tiempo de ausencia (es que ando muy liada ahora y el día no me da para más) para homenajear a este buen señor. La verdad es que me ha costado decidirme por una sola escena, porque hay tantísimas para incluir… desde la escena en la que se come una bota en La quimera del oro hasta el baile con el globo terráqueo en El gran dictador, o la escena de la fábrica en Tiempos modernos, y muchas más. Al final, he elegido la de la barbería de El gran dictador, con esa Danza Húngara de Brahms. La verdad es que si fuera hombre, no sé si me pondría en manos de un barbero así, por muy buena música que eligiera para su "performance".




GUYS AND DOLLS

Cuando estoy en plena escritura y llevo ya algunas horas dándole a la tecla, a veces para un rato, me asomo a YouTube y reviso escenas de películas antiguas para relajarme. Hace poco me acordé de Ellos y ellas (Guys and Dolls), el curioso musical de Joseph L. Mankiewicz, estrenado en 1955. Digo curioso porque es memorable ver a Marlon Brando y Jean Simmons cantando y bailando en un decorado que finge ser La Habana de los años cincuenta.

La trama es muy sencilla. Un caradura que organiza partidas de dados en Nueva York, interpretado en la peli por otro jeta, el inefable Frank Sinatra, se apuesta mil dólares con el jugador Sky Masterson, aque viene con la envoltura de Marlon Brando, a que no logra seducir a una joven mojigata que pertenece al Ejército de Salvación, a la que da vida, of course, la angelical Jean Simmons. Para llevarse al huerto a la chica, Masterson se saca de la manga un viaje a La Habana y allí, la sargento del Ejército de Salvación sucumbe a la sensualidad del Caribe, a los encantos del galán y al amor. La chica acaba desmelenándose en La Habana para regocijo del gavilán Sky Masterson, que tampoco sale indemne de ese viaje, porque se enamora de la mojigata desbocada y muda su plumaje de ave de presa por el de una dulce palomita.

Lo dicho, una trama sencilla que funciona muy bien gracias a los números musicales y a la sensualidad que desprende la película. Yo la vi de adolescente y quedé encantada con esos espectaculares bailes que se marcan en un tugurio habanero de cartón piedra. Incluso Marlon Brando me parece de lo más seductor en esta película, vestido al más puro estilo gangster mafioso. Y eso que nunca fui Brandoniana. Siempre me ha parecido que este señor tenía el trasero algo gordo. Pero aquí estaba guapísimo. Sería el influjo del trópico, aunque éste fuera de mentira.

Contemplemos cómo bailaban aquí Marlon y Jean:



Y aquí incuso cantaban, aunque supongo que no serían sus voces:

¡SAPOS, NOOO!

La muerte de Luis García Berlanga me pilló fuera este fin de semana, por lo que mi entrada llega ya con un retraso considerable. Pero aunque esté todo dicho, no me voy a privar de dedicarle un post a este señor tan observador, mordaz y cargado de un humor muy, pero que muy negro (a la par que surrealista).


Me gustan todas sus películas. Unas más, otras menos, como suele ocurrir, pero creo que hasta sus trabajos “menores” son mejores que algunas cosas que nos venden por ahí como maravillosas. Mi favorita desde siempre es Bienvenido Mr. Marshall. Sigo tronchándome cuando veo a Pepe Isbert asomado al balcón de la casa consistorial y graznando eso de “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación y esta explicación que os debo os la voy a pagar”. O cuando llega la escena del sueño del alcalde ante la inminente llegada de los americanos y Pepe Isbert irrumpe en un salón del oeste, disfrazado de sheriff y poniendo cara de mucha ferocidad. Y por cierto, ¿quién no ha imitado en alguna reunión familiar o de amigos - y con algunos tragos encima, todo sea dicho - la parrafada balconera de Pepe Isbert, mientras los demás se mueren de la risa etílica en sus sillas?


Creo que a los que ya tenemos cierta edad, las películas de Berlanga se nos han metido en la sesera y hasta en casa. En la mía, llamamos “sapos” a los langostinos desde que vimos a Luis Ciges rechazando el que le ofrecían unas damas caritativas en Plácido, esa película tan esperpéntica en la que las buenas gentes de una pequeña ciudad organizan un sorteo de pobres para que cada familia de bien pueda sentar a uno a su mesa por Nochebuena. Y claro, luego pasa lo que pasa: que los pobres les salen zafios, hacen ruidos sorbiendo la sopa y rechazan los manjares que les ofrecen.


- Tenga, un langostino.
- ¡Sapos, no! Que no me gustan.


¿Y qué decir de la escena de Vivan los novios en la que José Luis López Vázquez encuentra a su madre ahogada en la diminuta piscina de plástico donde un rijoso turista extranjero había retozado antes con sus dos amiguitas? Humor hiper-super-mega-negro, que diríamos ahora.

En fin, creo que sobran las palabras. Mejor cuelgo las escena del balcón y del salón de Bienvenido Mr. Marshall.



Y ésta de Plácido:

AMARCORD

Estoy estos días en plan de desempolvar a Fellini y Nino Rota. Hoy cuelgo aquí dos escenas de Amarcord, esa obra maestra del cine.

Primera escena: la de los zangolotinos bailando y soñando en el hotel vacío entre la ventisca:


Segunda escena: la del pueblo al completo - con su acordeonista, la más guapa del lugar, el ligón de cabello engominado y todos los notables - que se hace a la mar en botes para saludar al transatlántico Rex a su paso por la costa. Y, como suele ocurrir con lo que deseamos en la vida con tanta intensidad que hasta nos duele, el transatlántico pasa de largo llevándose sus lucecitas brillantes, que representan cada uno de los pequeños sueños de cada habitante del pueblecito costero.